CAPERUZA
Y entonces caperucita roja (apodo que se ganó por su sed de sangre) clavó su daga en el corazón del lobo. Luego, realizó un aquelarre solitario gritando palabras en un lenguaje atávico y delirante.
REVISTA LITERARIA
PARA UN DESARREGLO SISTEMÁTICO DE LOS SENTIDOS
sábado, 18 de abril de 2015
sábado, 11 de abril de 2015
DOS CUENTOS BREVES DE MAURICIO NARANJO
I
Cuentan que tarde en la noche, mientras todos duermen, las estatuas y los bustos de los próceres se reunen en La playa con El palo a fumar, beber y narrar siniestras historias de transeúntes que como pálidas sombras perturban sus silencios de piedra y bronce.
II
Victor Frankeistein recogió los miembros de las víctimas y reconstruyó una hermosa mujer, quien sin compasión asesinó brutalmente a Jack, destripando hasta el último trozo de sus vísceras, sin encontrar rastros de su alma.
Cuentan que tarde en la noche, mientras todos duermen, las estatuas y los bustos de los próceres se reunen en La playa con El palo a fumar, beber y narrar siniestras historias de transeúntes que como pálidas sombras perturban sus silencios de piedra y bronce.
II
Victor Frankeistein recogió los miembros de las víctimas y reconstruyó una hermosa mujer, quien sin compasión asesinó brutalmente a Jack, destripando hasta el último trozo de sus vísceras, sin encontrar rastros de su alma.
viernes, 10 de abril de 2015
MORFOSIS, un texto de Mauricio Naranjo
MORFOSIS
El escarabajo, desde su nacimiento, tuvo un devenir azaroso y caótico, pleno de intensidades. Pero un día, infortunadamente, despertó convertido en Gregorio Samsa, un funcionario aburrido y rígido que tenía un itinerario preciso para cada uno de sus monótonos días. Entonces añoró aquel bicho travieso y loco que confundía los bombillos con la luna. Tristemente, tuvo que conformarse con su repugnante condición de burócrata por el resto de su vida.
El escarabajo, desde su nacimiento, tuvo un devenir azaroso y caótico, pleno de intensidades. Pero un día, infortunadamente, despertó convertido en Gregorio Samsa, un funcionario aburrido y rígido que tenía un itinerario preciso para cada uno de sus monótonos días. Entonces añoró aquel bicho travieso y loco que confundía los bombillos con la luna. Tristemente, tuvo que conformarse con su repugnante condición de burócrata por el resto de su vida.
jueves, 8 de enero de 2015
ÉRASE UN HOMBRE CON LA NARIZ TORCIDA, POR MAURICIO NARANJO
ÉRASE UN HOMBRE CON LA NARIZ TORCIDA
Érase un hombre con la nariz torcida. Por la fosa izquierda respiraba con dificultad, por la derecha olía el jazmín de noche. Se miraba al espejo siempre de perfil, saludaba el mundo cabizbajo, sufría con su rostro armonioso y su nariz imperfecta. Con los años dejó de respirar, de oler, de mirarse en el espejo, de saludar, de sufrir. Se olvidó de sí mismo y emprendió un viaje sin retorno, sin recuerdos. Leve como el aroma sutil de un crisantemo se deshizo de su cuerpo, excepto de su nariz torcida. Desde entonces, como en un cuento de Gogol, transcurre por la ciudad y por los parques reptando hacia la muerte y la putrefacción.
Érase un hombre con la nariz torcida. Por la fosa izquierda respiraba con dificultad, por la derecha olía el jazmín de noche. Se miraba al espejo siempre de perfil, saludaba el mundo cabizbajo, sufría con su rostro armonioso y su nariz imperfecta. Con los años dejó de respirar, de oler, de mirarse en el espejo, de saludar, de sufrir. Se olvidó de sí mismo y emprendió un viaje sin retorno, sin recuerdos. Leve como el aroma sutil de un crisantemo se deshizo de su cuerpo, excepto de su nariz torcida. Desde entonces, como en un cuento de Gogol, transcurre por la ciudad y por los parques reptando hacia la muerte y la putrefacción.
jueves, 4 de diciembre de 2014
MI VIDA EN PROSA II: ÓSCAR GONZÁLEZ Y LA RADIO
http://lamecanicaceleste.wordpress.com/2014/12/04/oscar-gonzalez-y-la-radio/
miércoles, 26 de noviembre de 2014
PINK FLOYD Y YO, POR MAURICIO NARANJO
MI VIDA EN PROSA
Pink Floyd y yo
Por Mauricio Naranjo
Pink Floyd y yo
Por Mauricio Naranjo
Corrían los años 70. El nadaísmo y el hipismo agonizaban, y un movimiento contra revolucionario, reaccionario y ultra conservador se apoderaba del ambiente. Sin embargo, fue una década crucial en mi vida, mientras cursaba el bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia. Allí descubrí a Nietzsche, a Gonzalo Arango, a los poetas malditos, el pensamiento de izquierda y el rock, en un momento de rebeldía intensa.
Mi adolescencia fue turbulenta. Descubrí el sexo, el alcohol y las drogas, a John Lennon, a Cat Stevens, y por sobre todo, a Pink Floyd. Vibraba con Janis Joplin, con Bob Marley, con The Clash y una serie de artistas y grupos que catalizaban mi espíritu revolucionario, escéptico y anarquista. Comencé a escribir poemas, después de conocer al movimiento surrealista francés y la beat generation gringa.
Mi vida se convirtió en algo así como un laboratorio de experimentación de nuevas ideas, nuevas sensaciones, nuevas experiencias.
Mi primera novia un día de 1978 me sorprendió con Whish you were here, un disco de acetato que marcaría mi gusto musical para siempre. El feeling y la libertad de creación, mezclados con el virtuosismo y la psicodelia fueron un satori, una iluminación mística que me embriagó de modo absoluto. A partir de allí me volví un coleccionista de los álbumes de Pink Floyd, los cuales me traían mis amigos viajeros por el “correo de las brujas”, ya que en Colombia sólo se conseguían discos producidos a nivel nacional y el rock era una música tabú en medio de una sociedad tradicionalista, moralista y mojigata.
Cuando cumplí 18 años, en 1982, estrenaron en el desaparecido teatro Tropicana la película de Alan Parker “The Wall”.
Recuerdo que fui con una bella amiga muy intelectual y crítica. Yo sentí un volcán de imágenes y sonidos maravillosos, con una filosofía profunda y contundente, y con una fuerza poética paroxística. Salí completamente trastornado, en un estado de éxtasis. Mi amiga comenzó a hacer una crítica psicoanalítica de la relación de Pink con el padre ausente y la madre sobreprotectora. Habló del complejo de edipo, de la figura del padre, de los mecanismos de defensa, de la psicosis clínica del protagonista. Yo, en mi trance, no sabía a qué se refería con semejante racionalismo y seguí en mi viaje interior, sordo ante sus palabras, con el eco de la banda sonora en mi laberinto mental.
Este film se convirtió en el símbolo de mi rebeldía y de mis coqueteos con el melancólico país de la locura.
Cada obra de Pink Floyd era un cosmos inefable e imprevisible. Dark side of the moon, Athom heart a mother, Animals, Works, The Wall, The final cut, Umagumma, A nice pair, en fín, marcaron mi alma y definieron una visión del mundo donde la poesía, la experimentación, la intensidad existencial y la libertad de creación se convirtieron en mi búsqueda personal. Podría afirmar, sin temor a equivocarme, que el soundtrack de mi vida es una mezcla de Money, Mother, Shine on your crazy diamonds, Whish you were here, Eclipse, Comfortably numb, The final cut y The endless river.
Hay mucho en mí de Pink Floyd, existencialismo, arte, melancolía, imaginación, nihilismo, y la vida misma como una obra de arte sombría y luminosa.
Mi adolescencia fue turbulenta. Descubrí el sexo, el alcohol y las drogas, a John Lennon, a Cat Stevens, y por sobre todo, a Pink Floyd. Vibraba con Janis Joplin, con Bob Marley, con The Clash y una serie de artistas y grupos que catalizaban mi espíritu revolucionario, escéptico y anarquista. Comencé a escribir poemas, después de conocer al movimiento surrealista francés y la beat generation gringa.
Mi vida se convirtió en algo así como un laboratorio de experimentación de nuevas ideas, nuevas sensaciones, nuevas experiencias.
Mi primera novia un día de 1978 me sorprendió con Whish you were here, un disco de acetato que marcaría mi gusto musical para siempre. El feeling y la libertad de creación, mezclados con el virtuosismo y la psicodelia fueron un satori, una iluminación mística que me embriagó de modo absoluto. A partir de allí me volví un coleccionista de los álbumes de Pink Floyd, los cuales me traían mis amigos viajeros por el “correo de las brujas”, ya que en Colombia sólo se conseguían discos producidos a nivel nacional y el rock era una música tabú en medio de una sociedad tradicionalista, moralista y mojigata.
Cuando cumplí 18 años, en 1982, estrenaron en el desaparecido teatro Tropicana la película de Alan Parker “The Wall”.
Recuerdo que fui con una bella amiga muy intelectual y crítica. Yo sentí un volcán de imágenes y sonidos maravillosos, con una filosofía profunda y contundente, y con una fuerza poética paroxística. Salí completamente trastornado, en un estado de éxtasis. Mi amiga comenzó a hacer una crítica psicoanalítica de la relación de Pink con el padre ausente y la madre sobreprotectora. Habló del complejo de edipo, de la figura del padre, de los mecanismos de defensa, de la psicosis clínica del protagonista. Yo, en mi trance, no sabía a qué se refería con semejante racionalismo y seguí en mi viaje interior, sordo ante sus palabras, con el eco de la banda sonora en mi laberinto mental.
Este film se convirtió en el símbolo de mi rebeldía y de mis coqueteos con el melancólico país de la locura.
Cada obra de Pink Floyd era un cosmos inefable e imprevisible. Dark side of the moon, Athom heart a mother, Animals, Works, The Wall, The final cut, Umagumma, A nice pair, en fín, marcaron mi alma y definieron una visión del mundo donde la poesía, la experimentación, la intensidad existencial y la libertad de creación se convirtieron en mi búsqueda personal. Podría afirmar, sin temor a equivocarme, que el soundtrack de mi vida es una mezcla de Money, Mother, Shine on your crazy diamonds, Whish you were here, Eclipse, Comfortably numb, The final cut y The endless river.
Hay mucho en mí de Pink Floyd, existencialismo, arte, melancolía, imaginación, nihilismo, y la vida misma como una obra de arte sombría y luminosa.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Dos textos de Mauricio Naranjo
I
Escribir un poema sin palabras, sólo con puntos suspensivos, signos de interrogación y paréntesis. El título sería un punto sobre una i invisible y afónica, como la torre de una iglesia gótica suspendida en el vacío. El primer verso estaría compuesto de interrogantes, de preguntas sin respuestas, aporías muertas y cortopunzantes. El cuerpo del poema sería un interregno, un limbo, una larga y silenciosa sinfonía en blanco y negro atrapada entre corchetes de hierro. El desenlace estaría conformado por puntos suspensivos que no conducen a ninguna parte, como una escalera de Esher, o como un acantilado feroz donde termina la tierra firme y comienza la incertidumbre, la bella confusión azul hecha de furia y de sal. La firma podría ser una tilde anónima, como una gota de sangre sobre tu ausencia.
II
De todos los órganos, el estómago es la metáfora del universo. En su vacío se encuentra la esencia, la ontología del ser. Cuando se llena, un proceso de desintegración o decantación (una especie de olvido blanco) expulsa la materia innecesaria, siempre innecesaria. El estómago es una víscera platónica, idealista. Pero en él también se encuentra la síntesis del budismo y del taoísmo: el vacío, como un silencio voraz, es su identidad.
Escribir un poema sin palabras, sólo con puntos suspensivos, signos de interrogación y paréntesis. El título sería un punto sobre una i invisible y afónica, como la torre de una iglesia gótica suspendida en el vacío. El primer verso estaría compuesto de interrogantes, de preguntas sin respuestas, aporías muertas y cortopunzantes. El cuerpo del poema sería un interregno, un limbo, una larga y silenciosa sinfonía en blanco y negro atrapada entre corchetes de hierro. El desenlace estaría conformado por puntos suspensivos que no conducen a ninguna parte, como una escalera de Esher, o como un acantilado feroz donde termina la tierra firme y comienza la incertidumbre, la bella confusión azul hecha de furia y de sal. La firma podría ser una tilde anónima, como una gota de sangre sobre tu ausencia.
II
De todos los órganos, el estómago es la metáfora del universo. En su vacío se encuentra la esencia, la ontología del ser. Cuando se llena, un proceso de desintegración o decantación (una especie de olvido blanco) expulsa la materia innecesaria, siempre innecesaria. El estómago es una víscera platónica, idealista. Pero en él también se encuentra la síntesis del budismo y del taoísmo: el vacío, como un silencio voraz, es su identidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)