REVISTA LITERARIA

PARA UN DESARREGLO SISTEMÁTICO DE LOS SENTIDOS



domingo, 12 de febrero de 2012

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "PALIMPSESTOS Y TÁBULA RASA", POR CARLOS PATIÑO MILLÁN

Lo que sé del poeta que hoy se desnuda frente a ustedes
Por Carlos Patiño Millán

Debería callar o repetir lo que Lennon dijo de Ono en la célebre presentación de su libro Pomelo. Decir: ¡Hola! Me llamo John Lennon, quiero presentarles a Yoko Ono. Pero no, cedo a la maldita tentación. Diré entonces: Oscar Mauricio Naranjo Restrepo es un poeta colombiano; sigue siéndolo dos décadas después de cumplir veinticinco años[1]. Ha escrito un libro de poesía; lo tienen entre manos. La cifra resulta escandalosa en Colombia en donde pululan los libros de poesía y los crímenes, más no la poesía.
“La poesía moderna –dice Hugo Friedrich- deja de preocuparse por el lector. No quiere ser entendida. Es una tormenta alucinante, golpes súbitos de luz como relámpagos que no buscan sino provocar de miedo frente al peligro que surge de una atracción hacia el peligro[2]”. Los poemas de Naranjo no buscan ser entendidos ni “abrazar al lector” (como alguna vez lo recomendó un hombre cansado que ha hecho de la Poesía su taller). Naranjo quiere decir y lo hace; su propósito es la libertad, la contravención permanente, “la subversión lírica como contrapartida de la subversión sin más, la de la vida[3]”, como argumenta Túa Blesa a propósito de los poemas de Leopoldo María Panero.
Un poeta es un estar siendo, no la suma de sus libros publicados e inéditos ni la enumeración de sus mecanismos retóricos. Un poeta no es el recuento de sus premios, figuraciones en antologías y lecturas o los registros azarosos de su vida social. Un poeta es –quizás- alguno de los versos de sus poemas, una línea, una palabra descubierta y bautizada; trascendida, redefinida aun en el más absoluto silencio y en la más grande incomprensión. Galopando encima del caballo ebrio, el sordo sabe que escucharse puede ser una efectiva metáfora de búsqueda de sí mismo. Naranjo se busca aquí, delante de todos.  
Uno escribe poesía sin detenerse a pensar si ésta es mimética o no (aunque lo sea o no). Si lo que lo impulsa a uno es el mundo externo o el “alma íntima… siempre tras nuestro conocimiento, pero siempre escondida… la única fuente del dolor, del mal, de la estupefacción”[4].
Uno escribe, muere intentándolo. Uno no sabe qué va a pasar con lo que traza. Nadie se sienta a escribir, de un tirón, una obra maestra[5].
Uno escribe, tercamente. Al final sólo se sabe que uno ha parido un libro. El primero de Naranjo es éste.
Tras leer los poemas de Naranjo que siguen (y que son su vida y no parte de su vida), creo decir la verdad al señalar que he visto el improbable mito y su caótico método, la nítida creación y su turbia reflexión; asuntos que son uno solo y varios a la vez[6]. 
Ahora sí: ¡Hola! Me llamo Carlos Patiño, quiero presentarles a Mauricio Naranjo.

Carlos Patiño Millán


[1] Tiene, por lo tanto, “el sentido histórico” de la tradición que reclama T. S. Eliot en sus Ensayos críticos.
[2] Paul de Man. Visión y ceguera: ensayos sobre la retórica de la crítica contemporánea. 
[3]  Túa Blesa. Leopoldo María Panero, el último poeta.   
[4] Palabras de W. B. Yeats. . 
[5] Aunque a Naranjo, como a Palinuro, quizás le “habría gustado escribir Les Fleurs du Mal o Una Saison en Enfer sin ser Rimbaud o Baudelaire, es decir, sin experimentar sus sufrimientos mentales y sin haber estado enfermo ni haber sido pobre”, como lo anota Cyril Connolly en La sepultura sin sosiego.  
[6] Antes que de escribir lo que sé del poeta que hoy se desnuda frente a ustedes, preferiría decir con Wallace Stevens: “Evíteme, por favor, contar los detalles biográficos. Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son divertidos ni reveladores”.     

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